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Confianza entre compañeros/as

Si damos un paseo por los pasillos de nuestros centros y echamos un vistazo por las clases, veremos en pocas de ellas a dos o más docentes coincidiendo dentro en alguna sesión. No me refiero con ello a aquellos/as compañeros/as que entran a realizar algún apoyo al alumnado con dificultades en el aprendizaje o la presencia del profesorado de audición y lenguaje, pedagogía terapéutica y orientación, que deberían de realizarlo dentro del aula si queremos ir hacia una educación inclusiva;  aunque ese es otro tema que ya debatiremos. Queremos hacer referencia a aquellos/as tutores/as del centro que, por ejemplo, sus horas de recursos podrían aprovecharlas para entrar en las aulas de sus compañeros/as. El objetivo que se pretende con esta hipotética situación es que el docente que entre a esas sesiones aporte una perspectiva objetiva y constructiva sobre el trabajo realizado por su compañero/a, al mismo tiempo que puede recoger del/la mismo/a interesantes estrategias, metodologías y actividades aptas para su grupo-clase que potencien el proceso de enseñanza-aprendizaje seguido hasta ahora por él o ella.

Puesto que se entienden como horas de recursos personales o de centro, parece lógico plantear este escenario ya que la formación docente también puede darse mediante observación directa en las aulas de enfrente o de al lado, teniendo como ponentes a nuestros/as compañeros/as y pudiendo seguir con una especie de ‘’miniseminario’’ en las horas de permanencia en el centro que nos encerramos a cal y canto en nuestra querida clase. Parece una utopía pero podemos hacerla realidad.

¿Confiamos en nuestro trabajo cuando nos observan?

En la actualidad, en gran parte de los centros educativos, el profesorado impartimos nuestras clases a nuestro alumnado con total seguridad de que estamos haciendo las cosas bien; de forma individual y solitaria.

Por un lado, confiamos en que todo lo aprendido en nuestros inicios en la universidad es más que suficiente para emprender nuestro camino como buenos y buenas docentes. Por otro lado, consideramos que la experiencia adquirida a lo largo de los años desempeñando nuestra labor como maestros y maestras, no da lugar al error.

Podríamos decir que sabemos que es importante seguir formándose para dar una respuesta educativa a las necesidades que nos demanda nuestro  alumnado, pero no lo llevamos a la práctica confiando en que lo que sabemos es suficiente, como hemos dicho anteriormente, sin caer en la cuenta de que: o bien nos estamos dejando algo en el tintero, o por el contrario necesitamos de un reciclaje pedagógico. Por A o por B, debemos hacer autorreflexión.

Desarrollamos diversas metodologías, unas ya conocidas a lo largo de los años y otras más  innovadoras. Utilizamos una serie de recursos y materiales para alcanzar los objetivos que nos proponemos y atender las necesidades de todo nuestro alumnado desde la inclusión educativa, entre otros aspectos. Se da por hecho, sin generalizar, de que tenemos casi todo aprendido, contrastado y justificado.

Todo parece muy positivo, pero realmente, ¿todo lo que realizamos es efectivo? No pretendemos poner ahora en duda la formación ni la experiencia profesional de la que hablábamos anteriormente (cosa que haría), pero realmente, ¿quién nos dice que esa formación ha sido y sigue siendo la correcta? ¿quién nos dice que lo que hacemos es efectivo o no?

Cierto es que la inspección educativa se pasa de vez en cuando, y con suerte, entra en nuestras aulas y nos dice qué podemos mejorar y cómo. Resaltamos la idea de ‘’con suerte’’, porque debería ser algo que ocurriese más a menudo y que se desarrollara con total normalidad, como un apoyo profesional dentro del gremio. Pero si no pasa la inspección en un largo período de tiempo, realmente es difícil que alguien nos lo diga (nos conduzca a la reflexión profesional), porque tampoco los compañeros suelen entrar a vernos dar clase y poder así tener otra visión más objetiva de lo que estamos haciendo.

¿Y si entran? Ahí vienen nuestros temores y nuestra puesta en duda sobre todo lo dicho anteriormente. ¿Sentimos que nuestra actuaciones docentes son igual de potenciales y adecuadamente pedagógicas y didácticas cuando somos observados?

¿A qué tenemos miedo?

¿Qué suele pasar cuando un compañero o compañera entra a nuestras clases con el objetivo de ver cómo desempeñamos nuestra actividad docente? (Por norma general muchos nos pondríamos nerviosos e iríamos perdiendo esa seguridad y confianza de la que hablábamos anteriormente. Vemos esta situación como una acción negativa hacia nuestro trabajo y un acto de desconfianza y de fiscalización del trabajo que estamos realizando. Una mirada que nos hace sentir incómodos, cuando realmente es la mirada del coaprendizaje, de la doble perspectiva (o vertiente) profesional.

Cuando entran los compañeros y compañeras a nuestras clases, nos pueden decir: qué les gusta de ellas, qué no les gusta y de igual modo también nos sugieren en qué podemos mejorar la forma en que llevamos a cabo dichas clases.

Como por ejemplo: si la metodología elegida para nuestro grupo clase les parece efectiva, si los materiales escogidos tanto para la teoría como la práctica son los correctos y adecuados, el grado de motivación de nuestro alumnado desde una visión objetiva, si tiene sentido o no lo que estamos transmitiendo, si nuestro tono de voz es el adecuado para crear un ambiente de aprendizaje agradable, si trabajamos el aspecto emocional, a qué contenidos estamos dando prioridad y cuáles pasamos por alto, etc.

¿A qué tenemos miedo? Tal vez, salir de nuestra zona de confort. La cuestión es reflexionar sobre si estaríamos cómodos con la idea de que un/a compañero/a nos sugiera soluciones (o propuestas de mejora) a nuestra labor docente que: o bien por falta de percepción o de aceptación, no hemos puesto en marcha.

Todos salimos ganando.

El hecho de que nuestros compañeros y compañeras entren a nuestras clases tiene además otro aspecto positivo. A parte del beneficio hacia nuestra figura como profesional para mejorar nuestra práctica docente, este profesorado puede llevarse una riqueza educativa en cuanto a nuestro trabajo se refiere y que les puede servir de igual modo para mejorar su trabajo en el aula. Es más, pueden ver determinadas acciones docentes de ellos/as mismos/as reflejadas en nuestra aula y hacer autorreflexión a raíz de ello. Planteamos con ello la idea de reciprocidad docente.

Uno de los objetivos a los que ha de llegar un centro, es la creación de una comunidad de aprendizaje donde todos sus miembros (profesorado, alumnado, familia y demás profesionales no docentes que dependen del centro y su entorno) estén conectados unos con otros, funcionen como un único bloque y no por separado. En este sentido, es importante trabajar con una mentalidad de equipo. Deberíamos ver esta acción por parte de nuestros compañeros o compañeras como un símbolo de unión, un aspecto muy positivo y una forma de colaborar en nuestra tarea docente gracias a la observación y correflexión de nuestro trabajo por parte de todos ellos y ellas. Esta debería ser una actividad muy común de nuestro día a día que nos ayude a seguir aprendiendo y mejorando nuestra tarea docente, además de compartir buenos momentos dentro del centro escolar.

‘’Abre la puerta al debate; acércate al coaprendizaje’’.