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La evaluación: quimera de la docencia.

El hallazgo de una evaluación eficaz es algo que todo docente debe perseguir o intentar al menos una vez durante toda su vida profesional. No importa el tiempo material que se destine a ello, si no la calidad de las reflexiones extraídas a raíz de esta búsqueda. Hablamos de evaluación sin realmente evaluar o sin preguntarnos cómo llegar a dicha acción.

La cuestión es, ¿cuántos han llegado a buen puerto tras ello y cuántos se han ido a la deriva en el intento? Esta es una tarea ardua, que en ocasiones nunca termina, y que puede conducir a la desmotivación. Tampoco es un proceso que se construya del día a la mañana, pues requiere de investigaciones, pruebas, obtención de resultados, actualización, contrastación, comparación, adaptación, etc.

En las siguientes líneas vamos a tratar de responder a una serie de preguntas que esperamos, puedan orientar nuestro trabajo en cuanto a la búsqueda de una evaluación eficaz. Y con eficacia nos referimos a la obtención de resultados realistas y orientativos para el alumnado. Al mismo tiempo que el nuevo sistema de evaluación empleado por los/as docentes les dota de cierta seguridad y comodidad a la hora de traducir el aprendizaje de sus alumnos y alumnas como consecuencia de sus enseñanzas.

¿Contenidos o competencias?

A la hora de evaluar, debemos plantearnos inicialmente qué queremos evaluar antes del cómo evaluarlo, valga la redundancia. Lo común es evaluar contenidos en un momento donde la competencia lo es todo. Seguimos arraigados a una evaluación donde la calificación final y resultante procede del acierto o error de una serie de ítems cerrados con una única respuesta válida y predeterminada por el/la docente (o una editorial de libro) donde se premia únicamente la capacidad de retención memorística del alumnado, en su mayoría, a corto plazo.

Por otro lado, podemos encontrar una minoría docente, cuya evaluación se centra en la competencia totalmente manipulativa y expresiva, donde el saber hacer predomina muy por encima del saber conceptual. Debemos de encontrar un término medio, crear un contexto teórico-práctico donde contenido y competencia se puedan evaluar de forma conjunta, y evaluar significa también dejar al alumno/a demostrar. Donde ambos elementos prescriptivos del currículo (contenido/s y competencia/s) se trabajen como una unidad y no por separado, siendo uno complemento del otro. Los extremos nunca han sido buenos compañeros de ruta.

¿Evaluación continua?

De acuerdo con David W. Johnson y Roger T. Johnson (2014): la evaluación implica reunir información sobre la calidad y cantidad del cambio experimentado por un alumno o un grupo de alumnos. Y este es el motivo del siguiente apartado a tratar, ya que no podemos apreciar un cambio experimentado por el alumnado a lo largo de un período de 9 meses si no ofrecemos continuidad sobre el aprendizaje de contenidos y su puesta en práctica también de forma continua, por redundante que suene otra vez.

Con ello, queremos decir que una evaluación verdaderamente continua, persigue la constancia y el esfuerzo a través de repetidas y diferentes pruebas que permitan al alumnado poner su aprendizaje en práctica nuevamente sobre dichos contenidos y competencias. Esto significa crear diferentes herramientas de evaluación durante todo un curso. No podemos dar carpetazo final a cada contenido trabajado por los/as alumnos/as cada 15 días ó como mucho cada 30 días. Es un sinsentido calificar a un/a alumno/a de insuficiente habiéndole ofrecido una única oportunidad (dos a lo sumo), de demostrar su aprendizaje. Lo cual, de forma paralela, reduce su tiempo de práctica competencial para desarrollar aquellas que vayan ligadas a los contenidos trabajados.

En resumen, no solo limitamos el trabajo y profundización de los contenidos de cada infante, si no que acortamos el desarrollo de sus competencias clave en el uso pragmático y en diferentes contextos y situaciones de tal aprendizaje.

El pesar de las bajas calificaciones.

Hay para quienes una baja calificación trimestral o final, supone que el/la estudiante: no ha trabajado de forma adecuada, no se ha esforzado, presenta limitaciones, puede subyacer una dejadez familiar, etc. Sea como sea el/la responsable de esa baja calificación es siempre el alumnado y su entorno.

Por otra parte, una calificación elevada, a menudo da por sentado que el/la estudiante: destaca en casi todas las áreas del currículo, su comportamiento y actitud es ejemplar, es bien apoyado en clase, realiza todas las tareas, es autónomo/a, etc.

Lo que conseguimos con estos estereotipos es engañarnos a nosotros/as mismos/as como docentes y al mismo tiempo a sus representantes legales. Cualquier estudiante puede destacar más en un área que en otra, incluso la diferencia entre sus calificaciones puede oscilar de forma peculiar. Además, puede haber alumnos/as muy aplicados/as con bajos resultados en pruebas evaluativas, y viceversa.

Al final, sea cual sea la calificación del alumnado, sea cual sea el estereotipo por el cual nos hemos decidido a encasillar a cada niño/a, estamos creando una farsa a corto plazo que tendrá su repercusión tras el desarrollo psicoevolutivo del/la infante y sus estudios de etapas superiores. Y aun así, seguimos sin ver que los culpables somos nosotros/as.

No lo hacemos con malas intenciones, simplemente no queremos entrar en conflicto. En conflicto con: familias, compañeros y alumnado. ¿Qué pasaría si realizaras una evaluación real donde el resultado final de un área se tradujera en una calificación negativa o con amplio margen de mejora sobre un/a alumno/a hasta el momento ‘’sobresaliente’’?

  • Conflicto con la familia: tendrás que explicar a la persona adulta que acuda a la tutoría el por qué su hijo/a a pasado de tener un 8 en Matemáticas a tener un 5. De aprobar Sociales con un 9 a suspender ahora con un 4. Además, tendrás que calmarles, decirles que hasta ahora la evaluación de sus hijos/as estaba basaba en: completar cuadros, responder con oraciones de una línea, realizar mucho cálculo y poca resolución de problemas, no se tenía en cuenta su opinión crítica y que por el momento no sabe ni cómo expresarla, etc. Y hasta que no estés 9 meses con cada uno de los niños y niñas de tu clase superando esas nuevas barreras que en su momento no se les ayudó a saltar, no podrás dormir tranquilo/a porque hacer bien tu trabajo conlleva tiempo, como la educación misma. Esta siempre será un proceso lento, de reflexión, asimilación y evolución.
  • Conflicto con compañeros/as docentes: piensa en cómo vas a comunicar a tu Claustro que las calificaciones tuyas actuales distan mucho de las del curso pasado registradas por un/a docente diferente. Piensa además, en cómo esas calificaciones que tanto distan de las tuyas dejan patentes que el alumnado tiene un nivel en conocimiento de las lenguas que no es real, una capacidad de resolución de conflictos que no se aprecia, una capacidad de trabajo en equipo y actitud cívica que brilla por su ausencia, y que aquella lengua materna que hablan no saben ni por donde comenzar a usarla. La intención siempre es crear una crítica constructiva y nunca atacar, porque puede que nosotros/as tampoco lo estemos haciendo de forma correcta; si de una forma más completa, claro está, pero no incorregible. Siempre debemos tener esa visión profesional antes de hablar, el margen de mejora, autoaprendizaje y coevaluación siempre estará presente; fuera al ego docente.
  • Conflicto con el alumnado: enfado, tristeza, frustración, miedo, envidia, confusión, etc. Son emociones y sensaciones que tu alumnado experimentará por primera vez cuando se choque de morros con una evaluación competencial. La cual atiende más a sus necesidades diarias como actual ciudadano y futuro constructor de su sociedad. Deberás aprender todo lo que puedas sobre coaching en tiempo récord; que el aprendizaje no es algo en lo que las etiquetas y los números deban encajarte. Sino apreciar esas referencias cuantitativas (numéricas) y/o cualitativas (textuales), como marcas para superarse día tras día, prueba tras prueba y evaluación tras evaluación. Porque la vida es una constante evaluación de nuestras capacidades, ya sean académicas o sociales. Verán que hasta ahora se les ha mentido en lo referente a sus capacidades, y que con una calificación más baja han podido aprender mucho más que años atrás. Una nota no debe reflejar las capacidades intelectuales de un niño o una niña, sino su grado de evolución y desarrollo. Porque una calificación más elevada no implica más inteligencia, sino superación.

Estos conflictos son los que tendrían lugar, y los que en la mayoría de las ocasiones se evitarían por comodidad. Pero como se puede apreciar, en ningún momento hemos expuesto estas tres situaciones desde una perspectiva negativa. Todo lo contrario, se ha tratado de haceros conscientes que cada uno de estos momentos, con las palabras adecuadas, las intenciones positivas y el esfuerzo, pueden conducirnos a reflejar una evaluación más realista dentro de las aula que debe de ser tan bien recibida y aceptada como cualquier otra. Porque no se trata de establecer competiciones entre quien tiene el mayor índice de alumnado aprobado, quien tiene más contentas a las familias o qué alumno/a es más inteligente que otro/a sobre un papel. Los papeles se los lleva el viento.

Hacia una evaluación más realista y eficaz.

A fin de cuentas el alumnado no gana, pierde. Se le está ofreciendo cierta felicidad a cambio de una gran mentira. Esta bomba estalla cuando son mayores y no se ven capaces de realizar las tareas encomendadas (FT, grados universitarios, trabajos, capacidad de emprendimiento, etc.).

Ahora piensa como maestro/a, cuán injusto sería, que a lo largo de tu carrera profesional evaluaran tu metodología, tu actitud, tu carisma como ponente, tu lenguaje empleado para la transmisión de conocimientos, etc., tomando como referencia un único momento en el que alguien ajeno a tu persona entró tu aula para ver cómo impartías la docencia (compañeros/as, dirección, inspección, familias…).

No  sería justo dar carpetazo a ese momento, ya que los maestros aprendemos día a día sobre nuestra profesión, sobre nuestros aciertos y sobre nuestros errores. Pues es que los/as alumnos/as siguen el mismo proceso, y a pesar de ello, en ocasiones les privamos de poder demostrar su evolución respecto a un tiempo o momento pasado en que fueron evaluados. A veces queremos más oportunidades, aunque nosotros no las concedamos. ¿No parece irónico? En otras ocasiones hablamos de trabajar las emociones de forma transversal en el currículo, ¿y por qué no de forma directa predicando con el ejemplo? Realmente, como docentes, ¿empatizamos con nuestro alumnado?

‘’La evaluación es el motor del aprendizaje, ya que de ella depende tanto qué y cómo se enseña, como el qué y el cómo se aprende.’’

Neus Sanmartí